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Anteponiéndome a la vida

Anteponiéndome a la vida en concreto me hallo, mi ubicación, ningún sitio. Agazapado en la grandeza de la desesperanza, esperando saltar algún día sobre un halo de felicidad, que fugaz pasa por mi cuarto, esparciendo una estela inocua de satisfacción, amarga por la simpleza de su efímera vida, chillando desde el silencio atroz de la influencia devastadora del vacío.

Descansando sobre la fina cama de espantos terribles de trama cotidiana, sobresaltado por el surrealismo intrépido, desubicado con segundos de felicidad lejana, mía propia en raras veces, ajena a mí, hipotecada a sentimientos de peso que subyugan su existencia, lanzando piedras sobre mi tejado y recibiendo escupitajos de vuelta, meando contra el viento.

Como navaja de traición que por la espalda, en la frialdad de la madrugada y en la soledad de la noche, se clava hiriendo de muerte y deshonor tu insípida vida de sufrimiento y sacrificios, dejando en el recuerdo la roncha de la acumulación de los encontronazos del vivir cada día.

Salga el sol por donde salga, tirando de la carreta de la hipocresía del mundo, donde solo se sobrevive, sobre los trozos de miseria, de la sucia cloaca donde habitas, en la propiedad de lo injusto, en la parsimonia de lo justo y la rapidez del pecado, la satisfacción de lo prohibido y lo ajeno.

Hace recordar a la ignorancia, que lucha en el circo del pueblo, con cortinas de humo que deshumanizan la realidad, convirtiéndola en deleznable normalidad, acompañándote a tu trabajo de vivir, un sentimiento de falsa seguridad, que te empuja por segundos al barranco interminable, del recorrer el camino hacia atrás y volver a hundirte en el lodo, en el que siempre has estado hundido y nunca acabas de salir.

Solo flotaré sobre él cuando muera. En esa comodidad, levitando en el paraíso donde mas cómodo me encuentro, en la tranquilidad de la miseria, aquí donde me he criado, donde siempre he estado, tejiendo día a día una caperuza de hilos de pequeños instantes, del color del oro. Rojo añil de vida cubre su interior, crea tranquilidad gris, en la comodidad de lo mísero, que no da grandes alegrías pero no da tristezas peores que las que surgen en la vida por instantes, teniendo la certeza de que el día que pasa no es un día que se va, sino un día que sobrevivo y hago mi universo más seguro y feliz.

Ese universo que guardo dentro del tejido acorazado, arrancado de lo seco y mísero, la luz de una sonrisa, de cada momento inusual, satisfacción, del vacío la esperanza, del tormento la ilusión, llegando a la noche sin vida, sumergiendo mi descanso en un mundo de formol. Mañana será otro día, seguro que un día peor.

Phil Brown

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