Últimos artículos:
Camino de vuelta a casa

Camino de vuelta a casa después de comprobar que no sabía ingresar dinero en el cajero. Nunca antes había realizado esa operación. Acabé rajando el sobre en el último segundo, con la presión del sonido del rodillo del cajero pidiéndome el sobre y la pantalla indicándome que debía introducir el recibo que me había facilitado antes.

¡Jodida maquina de mierda! ¡Dímelo antes de que cierre el sobre! Saqué el recibo de mi bolsillo, lo introduje como pude, dejé el sobre en el mejor estado que pude, la máquina se lo tragó y recogí la tarjeta, diciéndome a mi mismo: ¡Menudo patán estás hecho, jodida máquina del demonio! Estos bancos son el martirio del ser humano.
El sol me da en la cabeza, se nota como calienta y la verdad es que queda un largo camino todavía. Estas avenidas tan amplias parecen interminables, voy por la calle, llena de vida y tiendas, pero los problemas y tejemanejes en mi mente hacen que la calle esté desierta, pasando por al lado de personas que ni siquiera veo, solo me llegan trozos de conversaciones fugaces de personas que están paradas en la calle.
Son las doce del medio día, un día laboral y la calle está llena de gente sin nada que hacer, con sus hipotecas que pagar, sus niños que alimentar, sus embargos, cortes de luz, gas y no tienen nada que hacer.

Paso por al lado de un grupo y escucho, “En la primera hay por lo menos cuatro novelas, Amar en tiempos revueltos…” No escucho nada más. Sigo caminando y esquivando siluetas indefinidas, paso por al lado de otro grupo, lo esquivo, a mis oídos llegan palabras, “Esa calle la he visto yo levantar cuatro veces…” Sigo pensando en el día de mierda que ha amanecido. Primaveral y lleno de luz, pero a la vez lleno de oscuridad y ruina, en las cuentas y en la vida.
Cada vez hay menos personas, es más fácil avanzar, hay menos civilización, se acercan las obras y con ellas el final del camino. Paso por al lado de otro grupo y escucho, “La verdad es que le voy a decir al médico que me duele…” Ya solo me queda una manzana para llegar, hay poca gente y la ansiedad de pensar en cómo solucionar la ruina hace que mi cerebro busque un descanso y enfoque a lo lejos.

Apoyado en la barandilla de la rampa del supermercado. La misma silueta de aquel viejo que cuando pasé hace veinte minutos. Allí estaba con zapatos de rejilla, pantalón de pana marrón, chaleco verde, y un yorkshire enano. Está justo en la misma posición mirando al infinito como hace veinte jodidos minutos.
Sigo caminando, tengo ganas de llegar, cada vez me asquean más las personas que me encuentro y para colmo, a lo lejos, con sus manitas metidas por las rejas de protección de la obra, para poder apartar la tela verde e inclinado hacia delante, un viejo quiere ver dentro de la obra y así poder pasar la mañana diciéndose a sí mismo, “En mis tiempos esto no se hacia así”.
Consigo llegar a mi bloque, entro deseando ya volver a la tranquilidad de mi hogar, me meto en el ascensor, pensando en la de problemas, ruinas y abusos que hay, y como sales a la calle y la gente, esta metida en diferentes bucles temporales de normalidad y falsa felicidad, llego a la puerta de mi casa, abro rápido, la ansiedad desaparece aparece el vacío.

Share


  1. ¿Tienes algo que decir?



0