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Cierro los ojos

Cierro los ojos y por un segundo me adentro en la felicidad finita del universo de tu mirada, siento muy dentro el recuerdo de una sonrisa que derritió el hielo de mi alma, los bellos se erizan y los problemas desaparecen, dejando paso por una milésima de segundo a la increíble sensación de paz absoluta, abro los ojos y todo vuelve a la normalidad, aparezco en el vació del universo baladí y despreciable en el que cohabito con la miseria del alma.


Me levanto y lleno mi cuerpo de humo que sacia mi ansia tras los sueños en los que todavía te tengo y consigo arrancar una sonrisa, un beso apasionado, esos sueños que no me dejan ser libre.
Aunque se que secan y pudren mi corazón, al despertarme solo quiero seguir soñando, mi día comienza trasladando la penumbra de un cuerpo desierto, cuya mente vaga en el tortuoso laberinto de la duda y el desconocimiento del desprecio y el olvido.
En un atisbo de felicidad mi mente se distrae con pequeñas cosas que la tranquilizan y abstraen de la impotencia del rechazo. La inmensidad de las nubes sobre el cielo celeste, esa brisa fresca del amanecer que huele al calor que pronto aparecerá devorando las energías y dejándonos sin fuerza y sin vida hasta la noche, triste y mágica compañera de penumbras y alegrías compañera fiel del vagabundo del alma roto, esas pequeñas cosas que muy pocas veces se aprecian pero nos hace sentir el privilegio de estar vivo.
Pienso en esa epopeya apasionada en la que la felicidad era un privilegio solo otorgado a mi por los dioses, en la que me sentía el rey del mundo un hombre capaz de conseguirlo todo, un guerrero invencible que celebra victorioso la conquista del mundo, ajeno a la flecha que sobrevolaba el cielo y acabaría con sus sueños, provocando ese dolor tan grande que solo consigue el que te despojen de de la esperanza de seguir soñando y luchando por el paraíso de la felicidad.
El concurrir de los días y la intensidad del dolor, consigue poco a poco que el alma cicatrice, que la amarga felicidad confluya en armonía y que la condena de vivir se transforme en una llevadera pasividad sobre la que fluir.
La tranquilidad de haber dado todo tú alma, todo tu corazón, todo tu ser y toda tu fuerza te da el impulso que necesitas para arrancar la vida cada día.
Los grandes momentos vividos, las sensaciones y sentimientos que por primera vez inundaban nuestros corazones creando un vinculo único y eterno, la fe de la sinceridad de nuestros actos y la belleza de nuestro amor consiguen que el sentimiento de dolor que causa el abandono del rechazo y la lejanía de de nuestras almas condenadas a vagar separadas, no empañen el recuerdo de la historia de la felicidad de mi vida.

Phil brown.

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