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El Titiritero

 

El titiritero monta su teatrillo en una calle céntrica, es un escenario pequeño de cartón improvisado y al lado, él y su guitarra, comienzan al unísono, como si de un único ser se tratara, con una melodía que me parece que ocupa un pequeño espacio en mi memoria, y de repente, aparecen danzando dos viejas marionetas, con algún que otro remiendo hecho, al igual que la ropa del titiritero.
Una va vestida como un soldado, la otra como la mujer que se queda en casa esperando a que vuelva:
– Vuelvo al frente de batalla – dijo uno de los títeres.
– ¿Cuándo acabará esta absurda guerra? – dijo el otro títere, con voz triste y apagada.
– Pronto Vanessa, pero recuerda que siempre serás mi boca de fresa.
En ese instante, esas frases me hacen pensar en la vida misma, evadiéndome por completo de la representación, y, divagando, consigo darme cuenta de que la vida es una guerra perdida de antemano, en la que batalla tras batalla vamos despojándonos de nosotros mismos para, al final del armisticio, tan solo quedarte con la tranquilidad de saber si luchaste con todas tus fuerzas o no…
Pero eso no es así y lo sabemos. Hay veces que las verdades que creemos absolutas se desvanecen como una pastilla efervescente en un vaso de agua. En este mismo momento, el titiritero que ni si quiera me recuerda hace que yo descubriera una de estas verdades… Aunque siempre pensé que la verdad no existe, no es más que la consecuencia de estructurar tus pensamientos de una forma lógica.
Quizás antes de seguir entre las nubes de mis pensamientos, tengo la necesidad de explicaros a que viene todo esto, hace años, cuando los recuerdos se guardaban en carretes de fotos, ambos fuimos grandes amigos, pero al salir del instituto, nuestros caminos se separaron sin ni siquiera darnos cuenta en qué punto dejamos de divisarnos el uno al otro.
Diego siempre hacía que te quedases embobado mientras contaba cualquiera de sus historias y siempre andaba con chicas, incluso mayores que él, pero Vanessa, nos ignoraba por completo. Cuando se conocieron, en un concierto en una casa okupa, ella iba con su novio, un tirado por lo menos diez años mayor que ella que no tenía ni oficio ni beneficio y vendía anfetaminas entre sus amigos, pero Diego, echándole un par de cojones, consiguió convencerla para salir del concierto a fumar un poco de maría que yo le había conseguido, y al poco tiempo ya iban juntos en su moto, así que ya apenas me llamaba sino era para conseguir algo de hierba…
Pero retomemos otra vez nuestra historia, ella estaba dos cursos por encima de nosotros pero había repetido otro curso más, olía a tabaco y a chicle de fresa y todos los niños del instituto estábamos locos por sus huesos, así que para nosotros era un amor idealizado e imposible y para mi, aun lo sigue siendo, pero tan sólo como un buen recuerdo de juventud, para Diego, ese es el nombre del titiritero, fue mucho más…
Un día dejaron de ir a clase, él empezó a trabajar en un bar de mala muerte en el centro y se alquilaron un estudio cerca del bar, y ella pasaba los días fumando tabaco barato en el sofá con un camisón viejo, esperando a que volviera.
– ¡Canijo, que de tiempo sin verte! – me dijo un día que nos cruzamos y mientras dejaba la moto aparcada, siguió hablándome.
– Ven a casa a tomar café y nos ponemos al día de nuestras vidas.
Cuando llegamos al estudio, ella me recibió con un beso en la boca que hizo que me sonrojara.
– Mira Diego, a tu amigo le gusto… – dijo ella, con una sonrisa en la comisura de sus labios.
– Todos estábamos locos por ti, cariño, pero no sabía yo que le gustaras tanto…una cosa te digo canijo, ella es mía y de nadie más, ella es mi Vanessa, la de la boca de fresa, mi vampiresa – dijo riéndose a carcajadas mientras que ella se abrazaba a él por su espalda y él preparaba la cafetera.
Yo no dije nada y sonreí sentándome en el sofá. Hablamos toda la tarde, yo, de mi monótona vida de estudiante, que me hacía sentir como un crio, y ellos de su frenética vida. Me contaron que trapicheaban para sacar un sobresueldo y así poder salir de fiesta mientras que él volvía a encontrar otro trabajo, lo habían echado del bar, y de algún que otro sitio más, por faltar al trabajo con más asiduidad de lo normal.
Cuando llegué a mi casa, envidié a Diego más de lo que se le permite a cualquier amigo, todo le iba bien, tenía su casa, su novia y su palabrería para encandilar a cualquiera. Hoy recuerdo ese instante con tristeza, no solo por mi envidia mal sana, sino por los giros que da la vida.
Al tiempo, no sabría decirte cuantos años pasaron, me los volví a encontrar, muy desmejorados, aunque ella seguía poniéndome nervioso con su beso al saludarnos, iban en la misma moto de aquellos años felices, pero estaba desconchada y hacía un ruido a lata oxidada, estaban muy delgados y con ropa sucia, y en el piso de la moto llevaban una maleta que según me dijeron luego era todo lo que tenían.
Los invité a un café y unos dulces, y por las ganas que comieron, parecía que llevaban días sin comer, aunque según ellos todo les iba bien. Se tenían el uno al otro, pensé yo, a veces el amor basta para ser feliz, e incluso en ese estado tan lamentable, todavía sentía algo de envidia, aunque ya no los miraba con ojos adolescentes.
Cuando nos despedimos, él me pidió algo suelto por los viejos tiempos y yo le di un billete que tenía en la cartera.
– Gracias canijo, ya te lo devolveré – dijo, aunque los dos sabíamos que eso no pasaría.
Volví a sonreí como antaño, con mi cara de estúpido, y los vi marchar en la chicharra con motor, deseándoles lo mejor, aunque no con muchas esperanzas.
Siempre los mantuve en mi recuerdo como una pareja feliz, pero, a los años volví a tener noticias de ellos, aunque esta vez, por separado: ella le había dejado por otro, y se habían largado de la ciudad y él había intentado suicidarse mezclando varios botes de pastillas, por lo que lo tuvieron en un hospital psiquiátrico una temporada hasta su rehabilitación.
Hoy, al volverlo al ver, he sentido una nostalgia abrumadora, no sólo por su situación actual, cualquiera de nosotros puede acabar así en un abrir y cerrar de ojos y él no parece tan infeliz si no fuera por la falta de amor, pero tampoco fue esa la causa de mi tristeza. Pensé que nuestras vidas se habían separado y que cuando habíamos coincidido, ambas estaban ya tan alejadas que, al saludarnos, más que por amistad era por educación, algo que nunca entendí bien, si las personas salen de tu vida, ¿por qué seguir alimentando una hipocresía?
Quizás, lo hice por seguir manteniendo viva mi infancia aunque tan sólo fuera en mi memoria. Quizás, lo único que queda del chaval que conocí es su forma de sonreír, más parecido a una mueca y esa manera de andar, como acompasando sus tobillos…
Jesús Carrasco Jara

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